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Diario de un viaje por el gigante metro de Moscú

Se le conoce como el palacio subterráneo y fue inaugurado en 1935. El Metro de Moscú es el primero en el mundo por cantidad de pasajeros y toda una institución en el sector de las grandes obras de infraestructuras. Solo en 2011, por ejemplo, transportó a 2.388 millones de personas. De entre todas sus líneas, l 5 es las más apoteósica, tanto que tiene que utilizar voces masculinas para anunciar que el metro está yendo en dirección a las agujas del reloj y que se acerca a la ciudad, y femeninas, cuando van en contra o se aleja. Posee 12 líneas, 185 estaciones y 305,5 kilómetros. Esther, una joven de Tenerife, comparte con nosotros su aventura por el gigante ruso en su diario de viaje, Diario de abordo.

Una de las cosas que más me atrajeron de visitar Rusia fue lo electrizante de su historia más reciente. Por eso, el último día en la ciudad decidimos dedicarlo a explorar un poco más su historia.

Empezamos el día visitando las estaciones más bonitas del metro de Moscú en un itinerario marcado por la guía Lonely Planet. En 1931 se empezó a construir el metro y miles de obreros entusiastas colaboraron para llevar a cabo el proyecto. El 15 de mayo de 1931 se inauguraron las primeras 13 estaciones y, poco a poco, se fue ampliando hasta las 182 actuales.

Mientras que las estaciones construidas recientemente son mucho más sencillas y funcionales, las primeras destacan por ser obras únicas en su género en las que participaron los mejores arquitectos de la época.

La estación de Komsomolskaya (Комсомольская) fue la que nos dio la bienvenida a Moscú y es una de las más bonitas, así que decimos volver para visitarla con más calma. Esta estación se inauguró el 30 de enero de 1952 y el arquitecto ilustró con mosaicos el histórico discurso que Stalin hizo en noviembre de 1941 evocando a las figuras del pasado. Los mosaicos destacan sobre el techo de color amarillo. Luego nos bajamos en la estación de Prospekt Mira (Проспект Мира). Esta estación que recuerda a la vajilla de la abuela, también se inauguró el 30 de enero de 1952. Es toda de color blanco y en las columnas hay bajorrelieves de porcelana blanca con ribetes dorados de figuras de agricultores y modelos socialistas ideales.

La estación de Novoslobodskaya (Новослободская) fue la que más nos gustó porque las vidrieras que la adornan nos recordaron mucho al estilo de Alfons Mucha. Fue inaugurada el mismo día que las anteriores y al pasear por su vestíbulo da la impresión de estar en una mansión aristocrática.

La que nos decepcionó un poco fue la estación de Belorusskaya (Белорусская), como su nombre indica, y al estar cerca de la estación de los trenes que van a Bielorrusia, los mosaicos muestran obreros felices con la indumentaria típica del país (…) Para ser una de las estaciones más importantes de Moscú, por su ubicación, no me acabó de convencer la decoración de la estación de Ploshchad Revolyutsii (Площадь Революции): no me gustaron las estatuas tamaño natural en los arcos de acceso a los andenes, ni la decoración en mármol rojizo. Aun así, reconozco que es bastante espectacular.

Ya solo nos quedaban dos estaciones del recorrido, la siguiente fue Teatralnaya (Театральная), una estación construida con labradorita y mármol, que dicen que se sacó de la Iglesia del Cristo Salvador antes de que la destruyeran. La última estación del itinerario fue la estación de Mayakovskaya (Маяковская). El diseño de esta estación fue premiado en la Exposición Universal de 1938 de Nueva York y tiene unas líneas muy limpias y elegantes. Destacan los arcos que dan acceso a los andenes, que son de acero inoxidable y recuerdan al estilo de los grandes rascacielos de la gran manzana.

Terminada la ruta, no salimos al exterior ya que nos trasladamos hasta la cercana estación de Pushkinskaya (Пушкинская) para ir al Museo de Historia Contemporánea de Rusia. No es uno de los museos más importantes de la ciudad y ni mucho menos uno de los más visitados, pero a mi parecer es uno de los más interesantes de la ciudad. A través de las salas de este museo un poco vetusto, podemos recorrer la historia reciente de Rusia desde las primeras revoluciones en 1905 y la caída de la monarquía en 1917 hasta los años ochenta. ¡Apasionante!. El museo cuenta con una gran documentación propagandística de la era comunista y una de las mejores salas es la que alberga el periodo de la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado, tiene grandes carencias históricas y no retrata las partes más negras del comunismo, como los gulags y la falta de libertades civiles. Además, casi toda la información estaba en ruso y en muchas salas faltaba el folleto explicativo en inglés.

A la salida del museo fuimos andando unos 15 minutos hasta el restaurante Taras Bulba. Está especializado en comida ucraniana y sus camareras visten con el traje típico. Además, tiene la carta más extensa que me he encontrado nunca y en muchos idiomas. A pesar de la turistada que pueda parecer, el Taras Bulba es un restaurante donde se come bien y a buen precio, y mi profesora de ruso me lo recomendó.

Tras la comilona, decidimos pasear tranquilamente y sin rumbo. Cuando nos ponemos a andar no paramos y, encima, vamos a ritmo ligero (a paso «pagès», como se dice por estos lares). Recorrimos el larguísimo bulevar Tverskoy hasta llegar a la catedral de Cristo Salvador que, por desgracia, estaba cerrada. Esta catedral está reconstruida en el lugar donde en el año 1860 había una iglesia similar. Stalin la mandó destruir y en su lugar estaba previsto construir el Palacio de los Soviets, una enorme mole de cemento de 315 metros de altura. Este alocado proyecto nunca se llevó a cabo y en el emplazamiento de la iglesia se construyó la piscina más grande del mundo mundial. Más tarde, con motivo del 850 aniversario de la fundación de Moscú, se reconstruyó la iglesia con una opulencia y gasto descomunal.

Mucha polémica suscitó la construcción de esta iglesia, aunque se quedó corta con la que suscitó la construcción de la cercana estatua de Pedro el Grande. Esta efigie de casi 95 metros de altura destaca en la lontananza junto al río Moskvá, y la polémica vino porque además del elevado coste, glorifica una figura que detestaba la ciudad de Moscú y que, de hecho, mandó construir una capital a su medida: San Petersburgo