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La curiosa historia de las maletas de Louis Vuitton

Desde pequeño, en su Anchay natal, Louis Vuitton vivía ensimismado con la idea del glamour y la moda de París. Decidió hacer un viaje de dos años a pie, para empezar con tan solo 14 años una nueva vida allí. Su carácter visionario y su amor la perfección y el detalle, le llevaron a crear su propia empresa donde las maletas eran el producto estrella. El uso de éstas por la mujer de Napoléon, marcó el inicio de una fama mundial que aún conservan hasta nuestros días.

Louis Vuitton es sinónimo de diseño y lujo, además de una de las empresas francesas de moda más reconocidas de la historia. Nacida en 1854 en París, posee un gran imperio que se traduce en 445 tiendas repartidas en 62 países. Su imagen está relacionada con el glamour y la calidad, algo que obsesionaba desde su temprana juventud a Louis Vuitton, nacido en Anchay, al este del país, en 1821. Con tan solo 14 años, caminó solo a París durante dos años ensimismado con la idea de la Belle Epoque, la sofisticación de la gran ciudad y la moda parisina, hasta que empezó a trabajar como aprendiz en un taller de cajones para muebles.

Su suerte cambió cuando se cruzó  en su vida la Emperatriz Eugenia. Ya nada volvió a ser igual tanto para Vuitton como para la marca en sí. Louis Vuitton montó en la ciudad del amor su propia tienda pero exclusivamente dedicada a la fabricación de equipajes y accesorios ligados a los viajes. Su toque personal y distinguido empezó a llamar la atención de la aristocracia parisina y los adinerados que llegaban a la ciudad en busca de obras únicas. La esposa de Napoléon, la Emperatriz Eugenia, quedó tan encandilada con las creaciones de esta joven promesa que firmó un contrato con este para el diseño de sus maletas y enseres de viajes.

Decían de Vuitton que era todo un visionario de la moda y se adelantaba a los gustos de la época y a las preferencias de su clientela. Su primera maleta fue plana, para así permitir apilarse en los cada vez más numerosos medios de transporte disponibles. Ésta estaba reforzada por ribetes de latón y lamas de madera, poseía un tejido impermeable ideal para los trayectos en barco. Antes nadie, había desarrollado unas maletas similares a las de Louis Vuitton. Y un acontecimiento marcó la popularidad del joven entusiasta. En la inauguración del Canal de Suez en 1869, la Emperatriz Eugenia deslumbró a los asistentes portando las maletas de Vuitton. Su fama, en aquellos momentos, no había hecho otra cosa que empezar.

Otras personalidades como el sultán otomano Abdülhamid, la máxima figura nipona Goto Shojiro, el Duque Nicolás o el Rey de España, se convirtieron rápidamente en otros embajadores de la marca por todo el mundo. Hasta que LV llegó a Hollywood y actores, actrices y directores empezaron a demandar las maletas de Vuitton de forma desmesurada. Ya en 1875, éste incluyó en sus maletas fundas de crinolina y carne de cordero manipulada que dotaban a las maletas de mayor fuerza para ser colgadas y la inclusión de varias gavetas dando pie al famoso guardarropa. Todo ello, bajo los consejos de su amigo, Charles Frédéric Worth, prestigioso modisto francés. La competencia no tardó en copiar las maletas del ya afamado francés y su hijo, George Vuitton, ideó el ya célebre monograma LV para diferenciarse del resto y como símbolo de valor y exclusividad. Algo que le acompañó a Louis hasta su muerte en 1892 y desde hace aún más de un siglo a la prestigiosa marca, que no tardaría en diversificar sus productos con la llegada del siglo XX.

Sergio Delgado – redactor de www.alasviajeras.com