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La lección de Iris

Autor: Álvaro Neil www.biciclown.com

“Esta es otra crónica de mis días recorriendo la parte sur de Estados Unidos. Arizona, Nuevo Mexico y Texas. Es la historia de lo que un nómada observa cuando atraviesa un país. Cuando lo hace con los cinco sentidos bien despiertos, atentos a cualquier señal que pueda venir del exterior. Aunque estas sean muy escasas.

Iris tiene 75 años, unos ojos enormes, limpios y traslúcidos, que permiten ver el fondo de su alma. Es la cajera de un supermercado de un pueblecito de Nuevo Mexico. No trabaja porque tenga necesidad de dinero sino por ayudar a su hija que algunos días no puede acudir a la tienda porque tiene otro trabajo. Iris ha regentado su propio supermercado durante más de 35 años. Conoce bien a los locales, a los estadounidenses (se casó con uno), pero no olvidó su español. Nació en Bolivia y vivió en Alemania. Mientras separa seis huevos de la docena para vendérmelos (ella se quedará con los otros seis para hacerme un favor) despacha a un cliente. Es un tipo local con el que bromea en inglés.

 «Is fresh the milk?», el chico le pregunta sobre si la leche es fresca.

 «Oh yes, The cow just left», (Si, claro, dice Iris, la vaca se acaba de ir)

 Es un chiste que me hace reír y que imagino Iris habrá contado muchas veces. Pero al local no le provoca ni siquiera una arruga a la altura del bigote. Ni se inmuta. Cuando se va, Iris y yo seguimos hablando en español.

 «No le hizo gracia», le digo.

 «Son unos apáticos», me dice.

 «¿Y tantos años aquí, no te han convertido en una apática a ti también?», le pregunto.

 «No van a cambiarme. Yo soy así, extrovertida y alegre y ellos no me cambiarán», me responde con determinación.

 Mis días siguientes descubro la otra cara de la moneda. Acampado en una ruta secundaria, cerca de un pozo de agua completamente abandonado, y cuando sale el sol me preparo para irme. Pero la bici me obsequia otro pinchazo. Uno más. Son demasiados estos días porque hay más espinas aquí que estrellas en el cielo (…)

Los días son largos, calurosos y con mucho viento. No es una ruta habitual para ciclistas y no me cruzo con uno solo desde hace muchos meses. Soy un marciano que comparte la ruta con coches y camiones que nadie conduce. Al menos nadie que yo vea. Todos los vehículos que veo tienen los cristales tintados así que no se si hay alguien dentro. Me muevo en un mundo ajeno al suyo. Ellos no escuchan el enorme ruido que hacen las ruedas de sus coches al avanzar sobre un asfalto rugoso que, como una caverna, multiplica el sonido de sus neumáticos. Tampoco experimentan el viento que me zarandea y las bofetadas de calor porque ellos (en el supuesto de que haya alguien conduciendo esas máquinas) van escuchando música, bebiendo un cafe y con el aire acondicionado a tope. La ruta tiene muchísimo tráfico porque atravieso una zona petrolífera. Para sacar el petróleo bombean agua que es trasportada por camiones cisterna que se abastecen de grandes depósitos a lo largo de la ruta. Antes aquí había miles de vacas y ahora hay cientos de extraños animales de metal que meten su hocico en la tierra, como si fueran osos hormigueros: son pozos de perforación. Curiosamente yo me estoy quedando sin agua y como los pueblos están abandonados decido pedirle, en marcha y sin pararme, agua a un coche. Para ello zarandeo la botella vacía en el aire, como un antiguo caballero haría con su lanza. Una caravana acaba de adelantarme (la única en todo el día) y ellos tienen grandes depósitos de agua. Eso es lo que espero. Se detienen, si, pero cien metros más adelante. Cuando les alcanzo la mujer me da una botellita de un cuarto de litro, pero le pido 4 litros. Su marido que no se ha bajado del coche le manda abrir el tanque y llenarme la bolsa de agua. Mientras esperamos charlamos un rato y me animo a preguntarle en inglés.

 «Usted ha parado mucho más lejos de lo que podía. ¿Tenía miedo de mí?»

 El hombre se sorprende con mi pregunta tan directa y aunque le cuesta confiesa.

 «Sí. ¿Llevas un arma?»

 Me río para tranquilizarle y le muestro claramente mis manos vacías.

 

En los supermercados mis conversaciones se limitan a Hola y Adiós. Salvo que haya un latino atendiendo. En ese caso la conversación adquiere un nivel que me parece hasta cariñoso. Siempre me hacen alguna rebaja o me obsequian más comida o incluso me la regalan. Todos me despiden con una sonrisa y con la mirada. Me siento como un albatros que toca por fin tierra firme tras una larga travesía oceánica (…)

Mientra consultaba mis correos en el McDonalds de una ciudad se me acercó un hombre y me dijo:

 «Are you the guy on the bike?» (¿Eres tú el de la bici?)

 «Yes, that’s me» (Sí, soy yo)

 «I am also homeless» (Yo también soy un vagabundo) me dice.

 Para los ojos de esa persona y para los de muchas otras en este país, yo soy un vagabundo (…) Cuando cruce la frontera a Mexico a finales de Mayo, dejaré de ser un vagabundo y seré un turista que viaja en bici (…)”

Más info http://bit.ly/Z4JeAC